sábado, 19 de enero de 2008

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El ascensor se detuvo en el piso 10, Roberta salió del aparato, cruzó a la derecha en dirección al apartamento 10 C, a medida que se acercaba un olor pestilente se hacía más espeso. Llegó al apartamento, tocó el timbre. La espera la mareaba, el olor se había tornado tan irrespirable que estuvo por vomitar cuando se abrió la puerta.

La saludó Ana, pero Roberta entró enseguida en busca de aire limpio, lo encontró. ¿Qué te pasa? Le preguntó Ana, Roberta aún nauseabunda le contó del olor que circulaba en el pasillo. ¡Parece olor a muerto! Dijo asustada. Ana salió.
El olor penetró por sus pulmones como gas tóxico, era olor a carne podrida. Recorrió el pasillo, el hedor provenía del apartamento 10 D, el del doctor. Llamó al timbre varias veces, nadie contestó. Se metió en seguida al 10 C, llamó al 911 y en pocos minutos la policía y la morgue estaba en el sitio.
Mire esto sargento, le dijo el forense.
En sus manos había una carta que parecía escrita por el fallecido; el sargento la leyó con rapidez, miró a su alrededor y contempló todo perfectamente ordenado en la decoración minimalista, sólo un objeto desencajaba en el sitio, el emblema gay en la cabecera de la cama.

¡Maricón!, dijo el sargento entre dientes, si era cierto lo que decía en la carta 5 personas inocentes estaban condenadas a muerte.

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Es algo que todos en alguna ocasión hemos sentido, y aveces no sabemos como expresarlo, al menos hago el intento para decribir aquellas cosas que parecen imposibles de describir... Y que en ocasiones . . . duelen